Ni en la mayor de las realidades
Decenas de docenas de películas de horror, algunas tan sanguinarias como Holocasuto Caníbal o tan despiadadas como Goodfellas, ni Hannibal Lecter o Anton Chigurh, ni siquiera un Dorángel Vargas pueden siquiera llegar a semejar el horror que ha creado la mente de Josef Fritzl. Un verdadero monstruo.
Pero ahora que todos lo saben, me preocupa el hecho de la mínima o poquísima alteración que ha repercutido en esta sociedad. Pareciera que todo dá igual, que la costumbre a ver tanta muerte, maldad y destrucción nos hace indemnes al sufrimiento ajeno. Y es que parece que si no mueren por culpa de un atentado no hacen daño, nadie sufre. ¿Que nó? para muestra:
1) La semana pasada en Irak, 50 muertos en un único atendado. 50 tragedias, 50 familias destrozadas. Pero para la opinión pública es un número más.
2) Hace tres semanas 10 muertos en “operaciones de rutina” en Israel. Todos palestinos, de hecho varios menores. Diez tragedias. Para la opinión pública, otro número más y para muchos en Israel, USA y Argentina, varios terroristas menos. ¿no te jode?
¿La realidad siempre supera a la ficción, hasta en las mayores ficciones?, es triste, pero es así, ¿por qué?, ¿qué somos?, ¿por qué lo hacemos?, ¿cómo nos permitimos ser así?.
KBULLA said,
May 1, 2008 @ 9:35 pm
En el mundo siempre ha estado presente la perversidad. Lo que pasa es que hasta poco después de la Edad Media solamente sabían leer los curas de los monasterios y por consiguiente la ignorancia jugaba garrote. Ahora que los medios de comunicación se han magnificado y masificado (tanto en métodos de hacer llegar la información, así como en su contenido) la población está más informada. Paradójicmante, es demasiado el tipo de información con que se nos bombardea diariamente para que terminemos de internalizar alguna noticia.
Si lo de Austria no tiene nombre, tampoco lo tiene el hecho de que pederastas reconocidos por las autoridades vivan libremente para que cometan crímenes como acaba de suceder en Huelva con la niña Mariluz. Ahora resulta que el asesino vivía a tiro de piedra de la casa de la niña, que el hombre tenía más de una denuncia y que las autoridades (tanto policiales como judiciales) nada hacían. Hubo que esperar a que cometiese un asesinato para que se hiciera lo que se debió haber hecho hacía años.
Te llama la atención nuestra aparente indiferencia, ¿qué decir entonces de las instituciones que se suponen que deben garantizar nuestra seguridad y bienestar, las cuales se excusan sobre limitaciones que les imponen las leyes hechas por los propios representantes de la sociedad?
Como cantó Enrique Santos Discépolos en su CAMBALACHE:
Que el mundo fue y será
una porquería, ya lo sé.
En el quinientos seis
y en el dos mil, también…