El costurero
No se muy bien como escribir este post. Ni cuales pueden ser las palabras adecuadas. Normalmente trato de encontrar la palabra justa. Hoy no tengo mucha idea de nada. Me encuentro en lo que podría llamarse el sopor del sueño, luego del asesinato de la casa vieja. Tengo mudándome toda una eternidad, doy hasta permiso formal a los espartanos y espartanas, para que me usen como chiste fácil.
Pero hoy la casa tomada, ha quedado semi vacía.
Hoy me dí cuenta que jamas, por más que quieras y lo intentes, vas a poder llevar todos los recuerdos contigo. Parte de tu vida quedará para siempre marcada por aquellas paredes y objetos. Hoy regale a la gata, la acaricie por ultima vez. Arme en una lata un costurero (que de seguro jamas abriremos), coloque dentro esos botones, que tienen 20 años siendo botones sin camisa. Junte hilos de colores imposibles de prendas imposibles, de épocas imposibles. Compre unas latas de cerveza. Llore un rato. Hable con mi hermana que a su vez lloro un rato, cuando le contamos que la gata había sido regalada y que los botones del costurero imposible jamas podrían generar una moda moderna del siglo XXI. Ordene unos discos. Compre una escoba y un destornillador mágico de 30 puntas que ya habría querido para si Bilbo en su primer viaje. Esos destornilladores son mas útiles que ese absurdo anillo único. Recordé a personas cercanas que están a una distancia imposible. Desarme la puerta de una nevera. Me embriague de recuerdos, que me asaltaron en forma de agujas, dardos, flechas, numerales. Convirtiendo mi mente en un costurero. Así poco a poco fui sacándome los recuerdos, para guardarlos en la lata, muy al lado de los hilos de colores imposibles.
Hable con personajes de cine que viven en el mundo real. El señor del periódico, que desde más de 20 años, día a día, logra el milagro de la constancia en el país de lo efímero. El representa para mi la única esperanza real y tangible de que Venezuela puede ser mejor. Jamas en mi vida he conocido alguien que trabaje más, que crea en lo que hace y que lo haga bien. Hable con el abuelo que vende chucherías en la escuela de la esquina. Si existiera el top 10 de las personas amables del mundo, este señor fácil, le quita a cualquiera el primer lugar. Hable con vecinos. Creo que quería empaparme por completo de hilos de colores imposibles de la casa vieja.
Y ocurrió algo completamente lógico. La sobrecarga. El desgarro, el desaliento. La nostalgia gritada al 200%. Verme a mi mismo como un recuerdo fantasma en los cumpleaños y reuniones, en aquellos besos furtivos, abrazos maternos, noches eternas, llegadas de viajes, hospitalidad de hilos de colores, trasnochos de estudio, en fin. Los recuerdos fantasmas te inyectan nostalgia en las venas, y en los botones de la camisa.
La casa vieja fue partida en un multiverso. Hay objetos divididos entre personas que son realmente importantes en mi vida. Se han llevado un pedazo (físico-tangible) de un hogar especial. Para nada por mi, a mi me faltan milenios para crear los objetos que mi madre creaba en segundos. Esa casa fue especial porque allí vivió y sonrió la señora Diana. Todas las agujas, los hilos de colores, las lanas, el bordado y los botones, fueron creados por ella, no en el momento que fueron fundidos en una fabrica China o venezolana. Ella creaba objetos al tocarlos, y los colores y los hilos, se fundían de una manera en la cual, solo podían ser de una manera: imposibles.