Mis dos casas
Yo soy poco dado a tener grandes afectos con las cosas materiales. Pero siempre hay excepciones, y en algunos casos son tan dramáticas que terminan por eliminar la idea inicial preconcebida.
En mi caso, siento un gran afecto por las dos casas donde más he vivido en mi vida. La primera de ellas, está en Santiago de Chile, en la comuna de La Florida, en una calle llamada Walker Martinez. La segunda esta ubicada en la ciudad de Barquisimeto en Venezuela, en una urbanización llamada Bararida.
En Chile solo viví los primeros 7 años de mi vida. Esta casa amplia, con un enorme jardín, me lleno de todas mis primeras impresiones de lo que es la vida, la realidad, la amistad, las fronteras, la ternura y mil cosas más. Allí también vivían mis abuelos paternos, los cuales tenían un carisma realmente impresionante, grandes personas del sur de Chile, que me consentían con los mejores desayunos que he probado en mi vida. En esa época la casa estaba alejada de la ciudad, en un lugar bastante campestre, con poca densidad poblacional, a pesar de estar plena capital.
Esos años eran de dictadura, infancia, juegos, primeros amigos, viajes a la escuela, mucho cariño por parte de mis padres, abuelos, tíos, primos, etc. Es el único momento de mi vida que recuerdo pertenecer a una gran familia, éramos muchos más que cuatro.
Luego de vivir en esta casa por 7 años, termine viviendo en Venezuela, un país radicalmente diferente a Chile y aunque son dos países latinoamericanos, están separados por años luz de posibles “reales” coincidencias. Pero esta es otra historia.
Cada vez que regreso a Chile es obligatorio pasar por esta casa. De los sentimientos más difíciles de explicar y describir se encuentra lo que siento al pisar la casa. Es una enorme nostalgia por la infancia, por Chile, por la casa, por mis abuelos, por mis primeras experiencias, que fueron arrancadas con ese proceso de convertirnos en emigrantes. Yo no se si esto les pasa a ustedes, pero es realmente una emoción muy fuerte, nudos en la garganta, llanto contenido, recuerdos danzantes que se mueven por todas las habitaciones, alegría, resignación. Es como ver una película italiana donde los personajes adultos recuerdan, a su modo, su infancia. Es increíble como las proporciones cambian, lo que yo recordaba inmenso, grande e infinito, es un espacio de 3×3. El único lugar del mundo donde las moras tienen sabor a moras, es en el patio de esta casa.
Ahora viajemos en el tiempo al presente. Estoy por mudarme de la casa donde he vivido por casi 20 años. La casa de Venezuela. De igual manera, está tan llena de recuerdos, que me es eternamente difícil poder mudarme, poder comenzar a hacer cajas en serie de objetos en serie, que alguna vez fueron fabricados con el único propósito en la vida de llenar el espacio de esa casa, que fue creada con el único propósito de tener el patio de los sueños tropicales de mi mama chilena-italiana pero que simplemente era venezolana.
Si la otra casa es nostalgia infantil al 100%. Esta casa es nostalgia adolescente y adulta. Es la casa donde mi madre dejo de ser solo mi madre para convertirse en mi amiga. Es el lugar de mis primeros amores, donde están guardados mis libros y donde noche tras noche, día tras día, semana tras semana, me devoraba esas letras, para ser pirata, capitán de nave interespacial, espía, asesino múltiple, héroe y villano. Aquí aprendí de todo. Amores y desamores. Allí me gradué de Bachiller y luego de ingeniero. En esta casa me conecte por primera vez a Internet robándome la clave de usuario de un profesor científico de la USB. Las horas que pasábamos pegados en esa primera mitad de los 90`s mis amigos y yo, frente a una Internet en texto y BBS`s. Esa era una Internet verde, tan verde como el patio tropical de palmeras verdes y bambú verde.
Quería escribir un poco sobre el tema de mis dos casas, para drenar un poco lo triste que me siento al dejar atrás un espacio físico y material, que ha dejado de representar un espacio de ladrillos y cemento y techo.
Las casas al final son casas si al irnos están llenas de recuerdos.
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